Relato BloodBowl (II)

Relato por: Sergio Gabaldón

La comitiva la formaban los tres carromatos del equipo: en primer lugar rodaba el carro de los jugadores, que era el más grande, dado que había de transportar hasta dieciséis aguerridos hombres, cosa que, todo sea dicho, nadie en el equipo pensaba que aquella antigualla medio roída y destartalada pudiera llegar a soportar. En segundo lugar viajaba un carromato algo más pequeño que transportaba al equipo técnico (el entrenador y su ayudante), además de los balones, cascos, hombreras y demás chatarra de los jugadores. También era éste el vehículo que contenía el cofre con los fondos que el equipo iba consiguiendo en cada partido. Pero el entrenador Kauffmann se cuidaba muy mucho de que nadie (los jugadores en particular) merodeara por allí más de lo necesario; y no es que aquel cofre contuviera muchas riquezas, pero como el propio Kauffmann solía decir, ‘en el país de los ciegos, el tuerto es el rey’. El grupo lo cerraba un tercer carro del mismo tamaño y condición que el segundo, que se destinaba al transporte de los jugadores lesionados y heridos, para que pudiesen descansar algo más tranquilos y al viejo Fraunhoff le fuese más fácil dedicarse a sus cuidados. En este carro, además, viajaba Gordo Mc Fatton, el halfling que hacía las veces de cocinero del equipo con las ollas, escudillas y demás enseres culinarios, amén de las vituallas.

Cuando Geoff Stoore despertó aún seguían en la carretera, pero el convoy había ralentizado su marcha debido a una violenta tormenta de verano que embarraba el camino como si quisiera borrar el paso de aquellas carretas por allí; sacaba la cabeza entre los dos trozos de lona traseros del vehículo para refrescarse. El olor de la tierra mojada lo reconfortaba casi tanto como las palabras del viejo médico, que seguían reverberando en su cabeza. Cerraba los ojos en parte por el contraste entre la penumbra del carro y la claridad de la tarde, y en parte por que hacerlo intensificaba el placer de sentir la lluvia limpiando la mugre y el sudor reseco de su cara. Tras un largo bostezo silencioso entreabrió los ojos y por un instante alcanzó a ver la sombra de un animal que cruzaba el camino internándose entre la maleza. Fantaseó con la idea de cazar una de esas piezas y comer por fin algo decente, pues dada la naturaleza de su situación no podían transportar grandes cantidades de comida, y dado el estatus económico de los Sables Negros (pues éste era el nombre de su equipo) tampoco podían permitirse los mejores manjares exactamente. Mientras se desperezaba respirando el aire fresco de la región, escuchaba parlotear al halfling y al viejo dentro en la carroza; el tema de conversación que mantenían el médico y el cocinero era precisamente la precaria situación económica por la que estaba pasando el equipo. Stoore era muy joven, tenía ilusión -pájaros en la cabeza, más bien- y no veía las circunstancias tan negras como los más veteranos del equipo, pero lo cierto es que se les debía el salario de dos meses, tanto a los jugadores como al equipo técnico. Geoff no entendía mucho de aquellas cosas, a él sólo le importaba cada partido, sólo le preocupaba el próximo placaje, el próximo pase… a Geoff sólo le importaba el bloodbowl.

– Ya, pero el problema es, mi pequeño amigo, que a Kauffmann le está saliendo el tiro por la culata. Hace ya dos semanas que se jactaba de que los patrocinadores se nos iban a rifar… y mira chico, que quieres que te diga, no hay cosa que yo vea más lejos que nadie metiendo su dinero en este equipo.

– ¡Pues yo me estoy empezando a hartar, Doctor! -Mc Fatton sentía gran respeto y admiración por él, y siempre se refería a Fraunhoff como Doctor-, ¡uno se embarca en un proyecto pensando en ciertas cosas, y luego se da de bruces contra un muro! ¡Se le prometen cosas a uno, y luego claro, cuando las cosas no salen bien…!

– Tranquilo, mi buen Mc Fatton, ¿de qué te quejas? -respondía Fraunhoff en tono amistoso- ¿Qué futuro piensas que te esperaba encerrado en tu pueblecito? ¿no querías ver mundo? ¿no querías hacer algo grande? -comentaba con sorna el viejo.

– ¡¡No se ría de mí, Doctor!! -refunfuñaba el halfling, que enseguida se enrabietaba- usted sabe bien que los de arriba no están cumpliendo con lo convenido, ¡y no sé qué le hace tanta gracia! A no ser, claro, que reciba usted algún trato de… ejem…

– ¿Preferencia? – el viejo médico rió entre toses – Mi buen cocinero desconfiaría hasta de su sombra, ¿eh?

La pareja seguía disertando amistosamente sobre estas cuestiones mientras el cerebro de Stoore (que seguía con la cabeza fuera y comenzaba a empaparse), espoleado por lo que escuchaba en el interior del carromato, recordaba los partidos anteriores al último, y cómo los Sables Negros habían llegado a aquella situación…

Published in: on noviembre 3, 2008 at 3:07 pm  Dejar un comentario  
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Relato BloodBowl (I)

Relato por: Sergio Gabaldón

El joven Stoore aún seguía tumbado en el suelo, un fuerte dolor en el pecho y en la sien lo atenazaba, aturdiendo su mente y su cuerpo. Intentó mover las piernas, pero sus esfuerzos fueron en vano. La mezcla de barro y sangre que cubría su rostro le impedía abrir los ojos más de unos milímetros, por los que penetraba una luz cegadora que le taladraba la base del cráneo. “Mierda”, pensó; “mierda, ¡mierda!”. Forzosamente consiguió arrastrar una mano hacia su cara para limpiarse los ojos. Tardó unos pocos segundos, pero a él le pareció una eternidad. Poco a poco fue recobrando el sentido del oído, y a parte de un molesto y persistente pitido en ambos oídos lo primero que escuchó fueron los aullidos de los hinchas y los bramidos del entrenador en la lejanía, como si estuvieran en otra habitación. Mientras se limpiaba el rostro con la mano izquierda volvió a reunir todas las fuerzas que le quedaban para intentar mover las piernas. Repentinamente un océano de dolor se concentró en la base de su espalda en forma de agudísima punzada, y el muchacho no pudo evitar emitir un desgarrador alarido de puro sufrimiento. Ese último esfuerzo acabó con todas sus fuerzas y se sumió en un profundo sueño.

Le despertó el traqueteo familiar del carromato del equipo. Miró hacia los lados y sintió gran alivio al descubrir que, aunque estaba en el carro de los heridos, ya había pasado todo y lo que era más: podía mover el cuello con relativa facilidad. Había sobrevivido a su primer partido de bloodbowl. Geoff Stoore no se lo podía creer; el giro que había dado su vida en las últimas semanas era demasiado radical, tanto que tumbado en aquel viejo carromato camino de alguna otra apestosa ciudad del imperio se preguntaba si no habría estado soñando, si no habría sido todo obra del encantamiento de alguna bruja que quisiera volverlo loco. Pero el dolor estaba ahí para recordarle que esa realidad era tan palpable como intenso era el olor a mierda de caballo, sudor y sangre seca que invadía sus fosas nasales a cada bocanada.

– Será mejor que no hagas muchos esfuerzos, muchacho. ¡Cuanto menos te muevas antes te repondrás!

La voz del viejo Fraunhoff a su espalda le reconfortó.

– ¿Cuánto tiempo llevo…?
– ¿Soñando con los angelitos? – le interrumpió el viejo – No más de veinte horas, muchacho; ¡no te preocupes, saldrás de ésta! – rió – ¡Pero quizás te guste saber que el aquel apestoso grandullón va a servir de abono para el campo de esos bastardos! – dijo el viejo Fraunhoff antes de soltar una sonora carcajada.
– Co… ¿Cómo?
– Finito, Kaputt. Puedes hacerte la primera muesca en el casco, chico. Dejaste frito al número 8. Enhorabuena. Ahora tómate esto, te sentará bien.

El viejo médico del equipo acercó a la boca del sorprendido herido un cuenco con un mejunje caliente del que salían finos hilillos de vapor mientras éste miraba hacia los lados incrédulo, esperando encontrar algún cómplice de la broma del viejo conteniéndose la risa. Pero no vio a nadie con muchas ganas de risas en el carro de heridos.

– ¡Venga! ¡bebe, maldita sea!

Mientras el nauseabundo líquido recorría su garganta, el joven Stoore seguía con la misma cara de tonto que se le había quedado al recibir la noticia. ¡Había matado a un hombre en el campo! No se lo podía creer. Aquel defensa de los Implacables de Frigenburg era por lo menos dos veces más corpulento que él, un novato asustado que jugaba su primer partido, lejos de casa, en sustitución de un compañero lesionado. Sencillamente no podía ser. Él, el jovencísimo Geoff Stoore no podía creerse que hubiera conseguido siquiera derribar aquella mole asesina.

A medida que la tisana caliente iba haciendo efecto mientras se recostaba, se volvió a amodorrar fantaseando con la idea de ganar la titularidad en el equipo, y rápidamente volvió a quedar sumido en un plácido sueño henchido de satisfacción imaginando un futuro plagado de victorias, ríos de cerveza, mujeres y gloria.

Continuará…

Gracias Sergio por escribir así, espero que os haya gustado el relato, iremos publicando las partes a medida que el autor se vaya animando a escribir más.

Published in: on noviembre 3, 2008 at 3:06 pm  Comments (1)  
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